Una lectura a ciegas

Una lectura a ciegas

La Fundación Fahrenheit 451, en alianza con la Asociación El Arka, llevó a cabo el evento “Lectura a Ciegas” en el Museo Nacional. Más de 50 personas, con y sin discapacidad visual, asistieron al encuentro y se pudieron deleitar con ocho maravillosas historias que evidenciaron la existencia de otras formas de leer.

Por: Estefanía Daza Gutiérrez

El ocho de septiembre, Johana Hidrobo se despertó ansiosa. Una vez más, prendió su computador para ensayar el cuento que ella misma escribió hace poco menos de un año. “Hoy todos sabrán de ti, Zainab”, pensó Johana mientras preparaba su voz para contar la historia.

Zainab es la protagonista de los cinco cuentos infantiles que Johana compuso en el taller de escritura llevado a cabo en el 2017 por la Fundación Fahrenheit 451 con personas con discapacidad visual. De los asistentes al taller, Johana, licenciada en educación especial de la Universidad Pedagógica Nacional, fue una de las personas que más se destacó por su capacidad de escribir cuentos infantiles. Para ella, al igual que para miles de personas con su misma condición, el computador es su mejor aliado. Por medio de un software que convierte a voz toda la información que se muestra en la pantalla, ella puede usar su computador como cualquier otra persona. No todo es braille para la población con discapacidad visual.

Con el objetivo de darle continuidad a los cuentos producidos en este taller, la Fundación los sonorizó y convirtió en audio. Además de ponerle una voz a los cuentos, se les añadieron efectos de sonido y música de fondo para que los oyentes pudieran recrear la historia y “leyeran” de una manera diferente.

Por eso, el ocho de septiembre Johana se preparaba para leer su cuento en voz alta, pero no iba a leer con los ojos, sino con los oídos. Su computadora, gracias a la ayuda del software, le anunciaría rápidamente las palabras que debía decir en voz alta. A la 1:00 de la tarde, no solo ella estaba lista para salir hacia el Museo Nacional –lugar donde se hizo el evento–, también lo estaba Lina Lozano, quien compuso un poema sobre la tragedia de Armero y lo iba a leer en el evento; sintiendo los puntos que resaltaban del papel impreso que tenía.

Lina ya había participado en los eventos de lectura en braille que promueve la Asociación El Arka desde hace un año. “Nuestra labor es luchar por mantener el braille como un sistema de lectoescritura incluyente y hacer que las personas que no tienen discapacidad lo conozcan y lo promuevan”, explicó Jefferson Ramírez, un joven estudiante de Comunicación Social que desde hace tres años trabaja en pro de la población con discapacidad visual.

La Fundación Fahrenheit 451 y la Asociación El Arka se aliaron, por primera vez, para llevar a cabo el evento “Lectura a Ciegas”, en el que no solo fuera exclusivo para las personas con discapacidad visual, sino que también las personas sin discapacidad tuvieran la oportunidad de despertar otros sentidos diferentes a la vista. “No sabía muy bien en qué consistía el evento, me asustó mucho que en la entrada del Museo estaba una señora entregando unos oclusores a las personas sin discapacidad visual”, expresó Natalia Tovar, estudiante de Psicología, después de haber vivido una gran experiencia sin necesidad de utilizar sus ojos.

Natalia llegó al Museo, hizo la fila con sus compañeros del diplomado en Psicología Clínica y se dejó poner los oclusores, un pequeño objeto de goma hecho a mano para tapar los ojos de los asistentes que podían ver. En un segundo, se habían desvanecido los colores de una tarde soleada. De inmediato sintió las manos de una persona que la agarraba del brazo para llevarla hacia el puesto en donde escucharía, no solo el cuento de Johana y el poema de Lina, sino también las narraciones orales de Osmel Cuenú y Nelson Restrepo, ganadores del proyecto “Historias en Yo Mayor”, un concurso de cuentos escritos y narrados oralmente por adultos mayores en diferentes ciudades y comunidades indígenas de Colombia, organizado por la Fundación Fahrenheit 451.

  • –Sebas, ¿estás al lado mío?– preguntó Natalia al sentir que una persona se sentó a su lado.
  • –Sí, Nati. No veo absolutamente nada– respondió Sebastián Rodríguez entre risas y nervios.
  • –Sí, y eso que solo estaremos apenas dos horas así, imagínate una persona ciega–.

En plena oscuridad comenzó a sonar una música alegre, el golpe de una marimba de Chonta repicaba en los oídos de todos los asistentes y, enseguida, apareció la voz de un señor con acento chocoano. Se trataba de Osmel Cuenú y su cuento ‘El Parrandero Cobarde’, una cómica historia que se desarrollaba en el bar de un pequeño pueblo del Chocó; a los asistentes se les escaparon varias carcajadas al escuchar sus expresiones dialectales propias de la región pacífica.

Después, el humor se transformó en tristeza con la historia de ‘La Venganza’, de Nelson Restrepo, quien relata la historia de cómo vivió el periodo de La Violencia durante su infancia en el Quindío. Le siguió el cuento ‘Insomnio’, un relato escrito por un interno de la cárcel de La Picota, vinculado al proyecto ‘El Vigía’, de la Fundación Fahrenheit 451. “Sentí frío con este cuento, me conecté con el narrador y podía imaginarme estando preso en los cuartos de la cárcel”, dijo con asombro Sebastián Rodríguez, estudiante de Psicología, pues nunca se había tapado los ojos para escuchar cuentos. Posteriormente, con el poema en braille de Lina Lozano finalizó la sensación de incertidumbre y tristeza de los asistentes.

‘La Travesía’, ‘El Baúl de mi Abuelo’ y ‘La llamarada del amor’ fueron los cuentos que levantaron el ánimo de los asistentes, estos fueron escritos por personas con discapacidad visual. Jefferson, autor del cuento ‘La llamarada del amor’, no podía dejar de sonreír al oír la narración de lo que él mismo había escrito, ya que nunca la había escuchado con una voz diferente a la del software de su computador.

Lina, quien no tenía que usar oclusores, mostraba todos sus dientes con cada historia que pasaba, su sonrisa resaltaba por lo grande. Cualquier detalle de las historias contadas causaban en ella una emoción que no era común en el resto. “Desarrollar mejor el sentido del oído, sin tener que usar la vista, me ha permitido abrirme mental y emocionalmente”, comentó Lina después de sentirse, no solo acalorada en el húmedo ambiente del Chocó, sino también con el frío que deja la muerte de unos seres queridos y una cárcel oscura y lejana.

El último turno fue para Johana. Se levantó de su silla con ayuda de una asistente y llegó hacia la mesa en donde estaba el micrófono, se sentó cuidadosamente, se puso el audífono y prendió su computador. Pronunció unas palabras en árabe homenajeando a Yassin –su profesor de árabe- y a la pequeña Zainab, quienes fallecieron hace un año en el marco del conflicto en Siria. Los asistentes, asombrados por las palabras que escucharon en un idioma desconocido, se quedaron quietos a la espera de que Johana comenzara a narrar su cuento. Entonces, comenzó a sonar una música en árabe y Johana pronunció el título de su cuento: ‘Zainab y el Tarbuch Mágico’.

El salón se transformó, los brujos y los demonios se tomaron la imaginación de los oyentes mientras ponían atención a la voz de Johana, que repetía en tono dramático cada palabra que su computador le dictaba. Sin embargo, cuando escucharon la palabra ‘tarbuch’, no supieron cómo imaginarla, ya que muchos nunca la habían oído. Johana sabía que esto podía pasar y, por eso, llevó al evento un tarbuch hecho por ella misma. “Es como una especie de birrete sin la punta cuadrada”, dijo un asistente cuando recibió el tarbuch en sus manos. El objeto siguió pasando de persona en persona hasta que el cuento de Zainab acabó. Sonaron los aplausos, prendieron las luces y nadie se dio cuenta. Unas personas se quitaron sus oclusores y vieron la sonrisa de Johana, mientras que otros se quedaron con sus oclusores permanentes, sonriendo, porque no necesitaron ver a Johana para saber que ella estaba feliz.